Lo que comenzó como una inquietud personal terminó convirtiéndose en un proyecto colectivo con impacto social. Mili, de 22 años, nació con una malformación producto de una banda amniótica que impidió el desarrollo de una de sus manos. Hoy estudia Ingeniería Biomédica y es parte fundamental del equipo que desarrolla una mano biónica pensada no solo para ella, sino también para otras personas amputadas.
“Sí, entré a la carrera pensando en hacer una mano para mí”, contó. Durante la secundaria ya había diseñado un primer prototipo como proyecto final, con el apoyo de sus docentes. Ahora, en la universidad, esa idea tomó forma gracias al trabajo interdisciplinario junto a otros estudiantes.
Antonio, de 21 años, forma parte del equipo y explicó que el proyecto comenzó a fines de 2024 dentro de un espacio extensionista vinculado a la robótica. “Hubo mucho tiempo de investigación, de errores, de quemar sensores y placas. Pero esa fue la parte más divertida, porque aprendimos muchísimo”, relató.
La prótesis actual funciona con un sistema que incorpora un giroscopio y acelerómetro (MPU), permitiendo movimientos básicos de apertura y cierre mediante la rotación del antebrazo, lo que técnicamente se denomina pronosupinación. El objetivo inmediato es que Mili pueda utilizarla, por ejemplo, para manejar un auto con caja manual, algo que hoy requiere adaptaciones especiales.
“Me encanta manejar. He viajado hasta Brasil en ruta. Esto me daría más independencia”, afirmó ella.
El siguiente paso es incorporar sensores mioeléctricos que detecten la contracción muscular para generar movimientos más precisos y naturales. “Sería como colocar un amplificador que detecta la señal eléctrica del músculo cuando se contrae. Eso permitiría más combinaciones de movimientos y mayor autonomía”, detalló Antonio.
La prótesis está fabricada con PLA, un material utilizado en impresión 3D que es termoformable y reciclable. El equipo incluso trabaja en reutilizar los residuos plásticos que generan las impresiones para producir nuevas piezas, apostando también a la sustentabilidad.
Pero la mano biónica no es el único desarrollo. Los estudiantes también crearon un chaleco con sensores ultrasónicos destinado a personas no videntes. El dispositivo detecta obstáculos a la altura de la cabeza —que el bastón tradicional no alcanza a identificar— y emite estímulos sonoros para alertar al usuario.
“El proyecto se llama Sensus Iter, algo así como ‘el camino del sentir’. Funciona como complemento del bastón blanco y ayuda a evitar choques con carteles u objetos elevados”, explicaron.
Mariano, coordinador del programa de Innovación y Educación en Ciencia y Tecnología, destacó el compromiso del grupo: “Es emocionante ver cómo desarrollan sus conocimientos y los ponen al servicio de la comunidad. Esto es la extensión universitaria en acción”.
Para Mili, más allá del logro tecnológico, el mensaje es claro: “Que nunca se rindan. Siempre hay alguien que te apoya: familia, amigos, profes”.
Con creatividad, sensibilidad y formación pública, estos jóvenes demuestran que la innovación no solo está en la tecnología, sino también en la vocación de transformar realidades.