“Yo era el número 453”: el testimonio de Héctor Kunzmann, sobreviviente de La Perla

Estuvo secuestrado casi dos años durante la dictadura. A 48 años de su cautiverio, regresó al ex centro clandestino y reconstruyó el horror vivido y las huellas que aún persisten. 


24 mar, 2026 15:12
“Yo era el número 453”: el testimonio de Héctor Kunzmann, sobreviviente de La Perla | Córdoba
Córdoba: “Yo era el número 453”: el testimonio de Héctor Kunzmann, sobreviviente de La Perla

Héctor Kunzmann volvió a pisar La Perla con una carga imposible de disimular. A 48 años de su secuestro, regresó al lugar donde estuvo cautivo entre diciembre de 1976 y noviembre de 1978, en el marco de la conmemoración del Día de la Memoria. Allí, donde funcionó uno de los centros clandestinos de detención más emblemáticos del terrorismo de Estado, reconstruyó su historia en primera persona.

“Tenía 30 recién cumplidos”, recuerda sobre el momento en que fue secuestrado. Exempleado judicial y exmilitante de Montoneros, fue trasladado a La Perla, donde atravesó un sistema de torturas y deshumanización. “Generalmente no venías directo a las salitas que eran interrogatorios fuertes, con golpes. Afuera estaban los tachos con los que te hacían submarino y un camastro de picana eléctrica. Yo pasé por todos”, relata.

Kunzmann fue reducido a un número dentro de ese engranaje represivo: “Yo era el número 453, no sé de cuántas listas”. En ese contexto, la vida cotidiana estaba marcada por la arbitrariedad y el control absoluto. “Poder venir al baño era un lujo, tenías que pedir autorización, te la daban o no”, cuenta. Incluso la ropa que utilizaban provenía de otros secuestros y la dejaban en montañas en las duchas: “Traían ropa que sacaban de los secuestros, y ese era nuestro guardarropa, era lo único que teníamos”.

De quienes pasaron por allí, pocos sobrevivieron. “Para los que sobrevivimos, que no somos muchos, no llegamos ni a 20, estas baldosas son el paso de nuestros compañeros. Es muy significativo, muchas pisadas en esos años”, reflexiona al recorrer el predio. Para él, lo ocurrido no fue azaroso: “Yo sabía por qué me tocó a mí, había un plan sistemático de terminar con toda resistencia política para imponer un plan económico que vino después”.

Las secuelas no fueron solo físicas. “Lo que más me perturbó durante varios meses era cuando me tiraba boca arriba, que era la posición en la que nos ponían en las parrillas para la descarga eléctrica. Me quedó guardado, me perturbaba”, confiesa. Ese estremecimiento, dice, aún hoy persiste: “Es dolor que solamente charlando con la familia y los compañeros se cura”.

Entre los recuerdos más íntimos aparece su familia. Su compañera fue liberada días antes que él, cuando estaba por dar a luz. “Mi hija casi nace aquí en cautiverio. Cuando yo me fui pensé que le había pasado lo que a muchos”, dice, en referencia a la incertidumbre que rodeaba el destino de los detenidos.

Su regreso a La Perla no es solo un acto de memoria personal, sino también colectivo. Caminar ese espacio, hoy resignificado, implica para Kunzmann volver sobre las huellas del horror, pero también reafirmar la necesidad de recordar y dar testimonio.



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