“Ni muerto ni vivo, está desaparecido”. La frase, repetida durante años para describir una de las heridas más profundas de la Argentina, atraviesa generaciones. Contra ese vacío luchó incansablemente Sonia Torres, quien convirtió el dolor personal en una causa colectiva: encontrar a los hijos y nietos apropiados durante la última dictadura.
Fundadora de la filial Córdoba de Abuelas de Plaza de Mayo, su historia está marcada por la desaparición de su hija, Silvina Parodi, secuestrada el 26 de marzo de 1976, apenas dos días después del inicio del Proceso de Reorganización Nacional. Silvina estaba embarazada de seis meses y medio. Su hijo nació en cautiverio el 14 de junio de ese mismo año y fue apropiado. Desde entonces, su identidad sigue siendo una incógnita.
El recuerdo de aquellos días sigue intacto en la memoria de su otra hija, Giselle Parodi. “El 24 de marzo del 76 llega mamá a casa y nos dice que había que irse porque se produjo un golpe de Estado. Cada uno se fue a distintas casas. Silvina salió al médico y cuando volvió a buscar ropa la estaban esperando. La golpearon y se la llevaron envuelta. Desde ese día perdimos el contacto”, relata.
Lejos de paralizarlos, el miedo se transformó en búsqueda. “Desde ese día salimos a buscarlos, todos, sin miedo”, cuenta Giselle. Con el tiempo, comenzaron a reconstruir fragmentos de la historia: supieron dónde había nacido el bebé, llevaron ropa a la Cárcel de San Martín, pero un día todo volvió. “Nos devolvieron la ropita. Fue devastador”.
La búsqueda los llevó incluso a instituciones donde esperaban encontrar respuestas. Giselle con apenas 15 años, era voluntaria en la Casa Cuna de barrio Alberdi y recuerda que junto a una monja buscó a su subrino. Allí, una directora revisó un cuaderno y aseguró que Silvina había sido trasladada al sur. Sin embargo, la verdad era otra: permanecía detenida en centros clandestinos. “Nunca la trasladaron. Estaba en las cárceles subterráneas del Buen Pastor”, afirmó.
Los testimonios de sobrevivientes y médicos permitieron reconstruir escenas de enorme crudeza. Compañeras de cautiverio reconocieron a Silvina “por su mirada, por sus ojos” y contaron que dio a luz en esas condiciones. Años después, un médico confirmó que la había atendido: “Dijo que le había enseñado a amamantar. Que ella no estaba bien, pero que el niño sí”.
Las imágenes que quedaron grabadas son tan simples como desgarradoras: “En las cunitas blancas de hierro decían NN”, recuerda Giselle. Y agrega: “La impotencia de estar ahí y no poder sacarlo era la misma que tuvo mi mamá cuando llegó y ya se lo habían llevado”.
Esa historia de ausencia y lucha continúa hoy en las nuevas generaciones. Camila Gómez Parodi, nieta de Sonia, reconstruyó su vínculo con la historia familiar desde la infancia. “Ella fue una abuela increíble. Siempre estaba presente cada 24 de marzo. De a poco fui entendiendo quiénes eran las Abuelas, quién era ella y todo lo que hizo”, cuenta.
Más que un recuerdo, Sonia Torres dejó un legado activo: “Todo el tiempo estaba pensando qué hacer, cómo llegar a los nietos, a su nieto”, dice Camila.
A 50 años del golpe, la búsqueda sigue abierta. No es solo la historia de una familia, sino la de un país que aún intenta responder una pregunta pendiente: dónde están.