La violencia política de los años 70 irrumpió de forma brutal en la vida de la familia Lozano incluso antes del crimen que marcaría su destino. “En la madrugada del 20 de julio se pusieron 20 bombas en casas de empleados de multinacionales. Una de las bombas explotó en la puerta de mi casa”, recuerda Aída Lozano, hija de Domingo Lozano, gerente de planta de Renault en Santa Isabel. La explosión causó graves destrozos en la planta baja, aunque no alcanzó las habitaciones donde dormía la familia.
La reacción de su padre, sin embargo, quedó grabada como una señal de carácter. “Mi papá le sacó el polvo de la bomba a los guardapolvos y nos mandó a la escuela a los seis, y nos dijo: ‘hoy canten el himno más fuerte porque hoy es el día de la patria’”, relata. A pesar de las amenazas, Domingo Lozano buscó preservar la vida familiar. Incluso cuando se dispuso custodia en la casa, pidió que se respetara la intimidad y que sus hijos no crecieran con miedo.
Meses después, la violencia escaló de manera irreversible. En septiembre de 1976, tras asistir a misa en la parroquia Sagrada Familia, en barrio Pueyrredón, la familia fue interceptada en la calle. “El domingo cruzando la calle, gritan ‘Lozano’, apartan a mi mamá y a él lo acribillan”, cuenta Aída. La escena ocurrió a plena luz del día, en un entorno hasta entonces tranquilo, mientras regresaban caminando a su casa entre saludos y conversaciones cotidianas.
Días antes, en la parroquia, habían aparecido tres jóvenes que preguntaban por su padre. “Queremos ser parte del grupo de jóvenes y nos dijeron que teníamos que buscar a Lozano”, recuerda. Según su reconstrucción, se trataba de una agrupación que buscaba vincularse con Montoneros.
Tras el asesinato, la familia quedó atravesada por el dolor, pero también por la decisión de seguir adelante. Aída destaca el rol de su madre, quien “hizo un esfuerzo descomunal para que los seis hijos pudieran continuar sus vidas de la manera más normal posible”. Desde el primer día, buscó mantener viva la figura del padre, pero separada del hecho violento que terminó con su vida.
Con el paso del tiempo, esa enseñanza se transformó en una postura frente a la memoria. “Esto no se venga de otra forma que con amor. Si logramos eso, el legado lo hemos cumplido, sino ha muerto al vicio”, reflexiona. También reivindica la figura de su padre desde lo personal: “Era un patriota, sin afiliaciones; la única militancia era ser católico, militante de Jesús”.
El acompañamiento institucional también fue clave: la empresa Renault financió los estudios de los hijos como una forma de reparación. “Ninguno de nosotros se fue del país”, subraya Aída, reafirmando una elección de vida arraigada en el lugar donde ocurrió la historia.
Hoy, su testimonio busca aportar a la memoria colectiva con una mirada que rehúye el rencor y apuesta a la construcción. “La Argentina hay que hacerla acá, que no se repita la historia”, concluye.