La venta ambulante, el cuidado de autos y los puestos callejeros se transformaron en la única fuente de ingreso para miles de personas. Detrás de cada manta extendida o bolsa de golosinas hay historias atravesadas por el desempleo, la precariedad y la falta de oportunidades formales.
Uno de los testimonios es el de un vendedor de praliné que hoy recorre las calles para sostener a su familia. Durante décadas trabajó en relación de dependencia en una empresa recolectora de residuos. “Hace más de 30 años, casi 40, trabajé ahí. Después quedé desempleado y volví a la calle”, cuenta. Desde entonces, la venta ambulante es su sustento. “No me quejo, se vive, se mantiene una familia, aunque mal, se vive”, resume con resignación.
Otro caso es el de un joven de 28 años con discapacidad que, pese a haber terminado el secundario y contar con cursos de secretario administrativo y operador de PC, no logra insertarse en el mercado laboral formal. Hoy vende frutas y miel en la vía pública. “Busqué trabajo, llevé mis datos a municipios, pero no conseguí nada. Laburar en la calle es difícil: a veces se vende y a veces no”, explica.
Sus jornadas empiezan a las seis de la mañana y pueden extenderse hasta las ocho de la noche. En un buen día puede facturar alrededor de 30 mil pesos, pero debe reinvertir en mercadería. Cobra una pensión, aunque admite que no alcanza para cubrir sus necesidades. “Me gustaría independizarme, tener un trabajo fijo”, dice. Actualmente vive con su padre y sostiene la esperanza de conseguir empleo estable.
La tercera historia es la de un hombre que está por cumplir 60 años. Desde hace cinco cuida autos y, desde hace un año y medio, también vende caramelos. Antes fue jardinero y trabajó en relación de dependencia, pero asegura que la edad se convirtió en una barrera. “No te toman de ningún lado”, lamenta.
Sus ingresos son mínimos e inestables. “Ayer saqué 12 mil pesos, ni para el colectivo me alcanzó”, comenta. Algunos días los automovilistas pagan por el cuidado del vehículo; otros, no. Sin alternativas laborales formales, continúa en la calle porque “no tengo otra cosa que hacer”.