Dejé de llamarlo papá: el testimonio de Adriana Britos, hija de un represor del D2

Creció escuchando relatos de operativos ilegales que no comprendía. Con los años, reconstruyó la verdad sobre su padre, condenado por crímenes de lesa humanidad, y decidió romper el silencio.


24 mar, 2026 10:33
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Córdoba: Dejé de llamarlo papá: el testimonio de Adriana Britos, hija de un represor del D2

Adriana Britos creció en un entorno atravesado por relatos que, en su infancia, no lograba dimensionar. Eran historias que se colaban en la cotidianeidad familiar y que, con el paso del tiempo, adquirirían un significado profundamente perturbador. Su padre, a quien hoy ya no nombra como tal, fue integrante del aparato represivo y terminó condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad.

“Era una niña y presenciaba cada domingo de charla los hechos perpetrados por la pandilla de la D2”, recuerda. En ese entonces, aquellas conversaciones formaban parte de la rutina: reuniones donde, según su testimonio, “se sentaban a realizar los preparativos de los allanamientos, las devoluciones de los ‘mimos’ y luego a repartir los botines”. Palabras que, en su momento, no alcanzaban a revelar la dimensión de lo que realmente describían.

La violencia también se filtraba en sus juegos. “Yo jugaba con las muñecas y las metía en un tacho con agua y nadie entendía por qué yo hacía eso”, relata. Esa escena, que en la infancia parecía incomprensible incluso para su entorno, se resignificó años después, cuando comenzó a tomar conciencia de los crímenes cometidos en los centros clandestinos donde su padre actuó, como el D2, La Perla y Campo La Ribera.

Fue en la adolescencia cuando empezó a atar cabos. “De adolescente ya tomé conciencia de eso. Cuando él es citado y condenado tomo conciencia real de lo que era mi padre”, afirma. Ese proceso implicó también una ruptura personal y simbólica: dejar de reconocer en ese hombre la figura paterna. 
Y fue en ese momento de quiebre donde también cayó en la cuenta de la violencia que había en el círculo familiar “estábamos todas amenazadas con revelar algo, con que íbamos a morir quemadas vivas”. Todo un accionar para no romper con el “pacto de silencio”, esa promesa tan ruin que su padre se llevó consigo hasta la tumba, negando audiencia tras audiencia los crímenes cometidos. 

Su padre murió en 2015, con un estado de salud deteriorado. “En el juicio, cuando es citado y condenado yo ahí realmente tomo conciencia de que lo que se decía de mi padre era verdad”. 
Para Adriana, su historia es también una forma de reparación y memoria: la decisión de hablar, de reconstruir desde el presente aquello que durante años permaneció naturalizado en su vida cotidiana. 

 


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